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CALDERÓN Y SICILIA, ABRAZADOS

OJO POR OJO POR ÁLVARO CUEVA CALDERÓN Y SICILIA, ABRAZADOS Me siento muy mal conmigo mismo porque se supone que debería estar verdaderamente contento por lo que pasó la mañana del jueves pasado entre Javier Sicilia y Felipe Calderón, pero no, no es así. Por más que me trato de convencer de que aquello fue maravilloso y a pesar de que muchos de mis amigos más queridos se la han pasado diciéndome que ahora sí México se va a unir y va a cambiar, no me la creo. Debo ser la criatura más pesimista del universo pero ese encuentro entre el presidente y algunos de los familiares de las miles de víctimas de la guerra contra el crimen organizado que todos estamos padeciendo se me hizo un vil evento de relaciones públicas. ¿Usted ha estado alguna vez en un evento de relaciones públicas? Normalmente se organizan para que la gente hable bien de algo, en un salón muy elegante, con un paquete de discursos prefabricados y con una buena cantidad de fotógrafos para que quede testimonio de que fueron quienes tenía que ir y de que todos terminaron satisfechos, felices y hermanados. Al principio, la postura de don Javier era muy clara, valiente, casi heroica, y lo más vergonzoso era que Calderón, en lugar de mirarlos a los ojos y responder abiertamente a cada uno de sus señalamientos, bajaba la mirada y se ponía a leer textos escritos con anticipación. ¿Qué significa esto? Que el presidente ya sabía lo que le iban a contestar, que sus respuesta no eran suyas sino las de un equipo de asesores y redactores, que todo estaba preparado, que aquello era una farsa. Pero pasaron dos situaciones con lo que nadie contaba: a Sicilia le ganaron las emociones (las buenas y las malas) y don Felipe aprovechó la oportunidad para quedarse con la fiesta. Debe ser tremendo para una persona común y corriente como Javier Sicilia encontrarse, un buen día, en una situación como la que usted y yo vimos en diferentes medios de comunicación. Estamos hablando de un escritor, de un poeta, de un padre de familia, no de un político, no de un empresario, no de un líder. Ni modo de decir que los asesores de Sicilia fracasaron. El corazón se impuso a la razón, la soberbia del fumador le ganó a la humildad de la víctima, y a partir de ese instante, todo fueron abrazos, fotos e intercambio de regalos. Frases célebres por aquí, apapachos por allá, que se vea que el presidente está agarrando a la mamá que nos contó su tragedia. Nomás faltó Laura Bozzo. Y es que sí, reconozcámoslo, así estuvo de grotesco. Que si el perdón, que si el dolor, que si la ayuda. En eso acabaron las marchas y las protestas, en eso terminaron más de 40 mil muertos. En un “talk show”. Final de telenovela, final feliz. Todos a posar para la foto y que les pasen su ayudita. ¿Y las propuestas concretas? ¿Y los cambios específicos? ¿Y las acciones que van a evitar que más personas sigan muriendo de aquí a 2012? No sé a usted, pero ante eso, a mí me importa un cuerno si el presidente pide perdón, llora o se rasga las vestiduras. Se trataba de transformar algo, de frenar muertes, de “no más sangre”, no de ir a platicar entre cafecitos, cigarros y vasos de agua. Para ver lágrimas, me asomo a la ventana. Para ver “show”, prendo la tele. En cambio, para ver al poder ejecutivo asumir sus responsabilidades y tomar cartas antes las demandas ciudadanas, para eso sí me pongo a ver un encuentro como el que se dio entre Javier Sicilia y Felipe Calderón. ¿Y qué obtuve? Nada. Sí, es un bonito detalle eso de que el presidente permita que le reclamen en público pero, la verdad, si no va a pasar nada, mejor me leo las mismas reclamaciones y hasta otras peores en el Twitter y el Facebook. Es lo mismo: te dejo opinar, te dejo que me pegues, mira qué abierto soy y pasada la avalancha, nos quedamos en las mismas. Por eso le digo, lo que usted y yo vimos entre Sicilia y Calderón fue un evento de relaciones públicas, un bonito acto protocolario para que la gente se ponga de buenas. Y, en efecto, miles de personas están felices desde entonces. ¡Qué gusto! Quisiera sentirme igual, pero no puedo. Tengo la impresión de que nada va a cambiar, de que cientos de personas seguirán muriendo y, lo más triste, de que nos volveremos a encontrar, con los mismos temas, en la siguiente marcha del próximo padre de familia al que le maten a alguien. Qué triste, ¿no?

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