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¡PERRAS!

EL POZO DE LOS DESEOS REPRIMIDOS POR ÁLVARO CUEVA ¡PERRAS! El jueves pasado se estrenó la segunda temporada de “RuPaul’s drag race” por Vh1 y me gustó tanto que no me pienso perder ni uno solo de sus capítulos. ¿Qué es “RuPaul’s drag race”? Un “reality show” de puro relajo. ¿De que trata? De “drag queens”. ¿Qué es eso? Hombres que se visten de mujeres y que al hacerlo, exageran para crear emociones. ¿Por qué me gustó? Porque es una fiesta deliciosa y perfectamente bien hecha y porque después de ver a estos chavos luchando por salir adelante uno acaba respetándolos y adorándolos. Yo creo que esto es algo que le urgía a la comunidad lésbico-gay no sólo de México sino de todo el mundo. ¡Qué bien! Pero vámonos por partes para que usted entienda la dimensión de este lanzamiento. ¿Quién es RuPaul? Una de las más grandes celebridades del universo “drag queen”. Usted seguramente lo ha visto cantando al lado de Elton John, en alguna película o en alguna serie de televisión. Cuando lo vea inmediatamente lo va a reconocer. Es un personaje maravilloso que, además de poseer un talento indiscutible para la música y la actuación, ha abierto brecha para esta clase de manifestaciones. El hecho de que RuPaul tenga un “reality show” es un acontecimiento para el mundo gay y más porque se trata de un programa de televisión exitoso, con inmensa recepción. Y es que aunque usted sea o no sea gay, aunque le gusten o no le gusten esta clase de espectáculos, lo que hacen las “drag queens” es fabuloso. Ellas llenan de alegría cualquier lugar donde se presentan, hacen que a la gente se le olviden sus problemas, que se les suba la moral. Hacen exactamente lo que la humanidad necesita que se haga en este momento histórico. “RuPaul’s drag race” es el programa perfecto para que usted se vaya a dormir con una sonrisa después de haber sobrevivido a asaltos, secuestros, fraudes, abusos, balazos y todo lo que la mayoría de los mexicanos tenemos que sufrir día con día. Imagínese, por favor, a un grupo como de 12 muchachos de diferentes etnias encerrados en una casa tipo “Big brother” pero compitiendo por ver quién es la mejor “drag queen”. Por un lado, está la parte del chisme. Si varias mujeres juntas son capaces de sacarse lo ojos, póngase a pensar en lo que sucede con un grupo de “drag queens”. ¡Es un nido de víboras! ¡Son unas perras! La que no mira feo a la otra le gana la tela de su vestido, se pone a bailar con más fuerza o, de plano, se quita la ropa en la presentación final para robarse la atención de los jueces. Y luego están las historias personales. La que no tiene un hijo chiquito tendrá que luchar contra la mejor de sus amigas, ponerse al tiro para salir de la pobreza o sobrevivir a las intrigas de las demás por novata. Definitivamente esto es muy distinto a “La academia bicentenario”, “Bailando por un sueño” o cualquier otra cosa que usted haya visto tanto en televisión abierta como en televisión de paga. ¿Y qué me dice de las pruebas? ¡Son una locura! En una, por ejemplo, las “drags” tienen que posar para unas fotos imitando al personaje de Scarlet O’Hara de “Lo que el viento se llevó” sentándose, con sus mejores galas, sobre un cañón, en medio de dos hombres musculosos, sin camisa. Sólo que a la hora de la hora les encienden unos ventiladores monumentales para crear el efecto del viento y, adiós pelucas, adiós pestañas postizas y a ver cómo le hacen para conservar la dignidad y salir preciosas en las fotografías. ¡No sabe usted qué risa! Pero no es una risa mala onda, es una risa que nos divierte y que, al mismo tiempo, nos muestra la entereza que sólo pueden tener las “drag queens” de verdad. Uno de los aspectos más edificantes de “RuPaul’s drag race” es que, entre broma y broma, uno aprende lo que son las “drag queens”, su función en la sociedad y el gran talento con el que deben contar para cantar, bailar, animar, hablar de política, de espectáculos, diseñar su vestuario y su maquillaje. Jamás habíamos visto algo así porque, tristemente, los espectadores mexicanos estábamos muy mal acostumbrados a la hora de recibir esta clase de contenidos por televisión. Salvo honrosas excepciones como el recuerdo de nuestro queridísimo Francis o lo que de repente sale en los programas de Horacio Villalobos, hasta antes de “RuPaul’s drag race”, una “drag queen” era sinónimo de vulgaridad, ignorancia y patetismo. No se veía el talento. No se veía la inteligencia. Qué padre que ya haya un “reality show” así en la televisión de paga de nuestro país. La pregunta es: ¿Qué pasaría si este programa llegara a la televisión abierta nacional? ¿Qué pasaría si se hiciera con talento mexicano? ¿Qué diría el público? ¿Cómo lo recibiría? ¿Lo festejaría con el mismo entusiasmo con el que lo festeja en Vh1? ¿Veríamos el mismo derroche de alegría, talento, inteligencia y producción que vemos en “RuPaul’s drag race”?


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