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ME ACUESTO CON TRES

EL POZO DE LOS DESEOS REPRIMIDOS POR ÁLVARO CUEVA ME ACUESTO CON TRES Esto es tema como para “talk show”, pero es tan bueno y está tan bien llevado que usted no se lo puede perder. Por supuesto, me refiero a la quinta temporada de la serie “Big love” que se estrenó hace dos domingos, a las 22:00 horas, por HBO. Además, tiene una importancia histórica. Ésta va a ser la última temporada de este proyecto de televisión, su final definitivo. Así que agárrese muy fuerte porque vamos a ver hasta lo que no y después, la vamos a extrañar. Es un hecho, la industria internacional de la televisión ya no está invirtiendo en esta clase de propuestas y es ahora o nunca, es tiempo de “Big love”. ¿Por qué le digo que esta serie es como tema de “talk show”? Porque, como usted sabe, narra las aventuras de un hombre que tiene tres esposas y que, no conforme con esto, en algunos momentos de la trama, ha llegado a pensar en casarse con más. Y no es un “desgraciado”. Es un gran marido, un estupendo amante y un padre ejemplar. Es polígamo porque así lo pide su religión. Esto es lo más interesante de todo. El protagonista de “Big love” no es diferente porque sea homosexual o bisexual, es diferente simple y sencillamente porque ama, porque ama a sus mujeres y porque ama a Dios. ¡Dios es el que nos hace diferentes! ¿A usted no se le hace la propuesta más increíble de toda la pantalla chica? Porque, sí, es muy fácil meterse con los homosexuales, con las lesbianas o con cualquier otra minoría. Pero, a ver, métase con Dios. Dígale a Dios que sus mandamientos son malos. Dígale a Dios que es un cerdo, un inmoral y que no merece ser parte del mundo. Y lo mejor de todo es que, a pesar de Dios, los personajes de esta historia son rechazados, son víctima de violencia verbal, física, política y mediática. Son unos casos como para marcar a nuestro sistema de televisión de paga y pedir el paquete HBO MAX porque en ninguna otra parte nos vamos a encontrar algo igual. Por increíble que parezca, “Big love” viene mucho al caso con la realidad que estamos viviendo. Haga de cuenta que se la escribieron al México de 2011 porque se parece a muchísimas situaciones que estamos viendo. Aplica para lo que le pasó a Diego Fernández de Cevallos, para lo que le pasó a Kalimba, para lo que pasa con Marcelo Ebrard. Es un libro de texto. En el capítulo uno vimos, con una claridad espantosa, el impacto que una campaña de desprestigio mediático puede tener en la vida de una persona inocente. Vimos cómo se las ingenian los políticos para hacer y romper alianzas, cómo les puede llegar a mover el tapete un tema tan aparentemente elemental como el del alcoholímetro. Vimos, además, cómo a la gente honesta, por ser honesta, le va mal, y cómo el peor enemigo de una persona diferente es otra persona diferente, no el grueso de la población. ¿Y qué me dice de las víctimas de la homofobia, de la gente que se hace justicia con sus propias manos, del tema de los niños y de todo lo que tienen que hacer los justos ya no para salir adelante, para irla pasando, para sobrevivir. “Big love” es más de lo que parece y si usted jamás la había visto, corra a comprar las primeras cuatro temporadas en DVD para que se termine de empapar de esta maravilla. Vale su peso en oro. Yo, cuando la miro, ya no puedo ni creer la astucia de sus escritores ni el vigor de sus actores. Bill Paxton (Bill) está encarnando a uno de los héroes más fascinantes del siglo XXI. A Cloe Savigny (Nicky) te la comes de tan divina. Ginnifred Goodwin (Margene) es tal vez la presencia más fascinante de toda esta serie. Y ni hablar de la categoría de Jeanne Tripplehorn (Barb). La amo. Es el contrapunto perfecto para Paxton. No, y si nos vamos con Matt Ross (Alby) o con los otros grandes actores de esta serie no acabamos. Son buenos por lo que hacen, por cómo lo hacen y por lo que nos dejan. No cualquiera le puede dar vida a unos personajes tan complejos. En el episodio de hace dos domingos, por mencionarle sólo un caso, nada más la pura mirada de Grace Zabriskie (Lois) era como para ir a decirle: le creo y, aunque me cueste aceptarlo, la entiendo. Le podría escribir de muchas cosas de “Big love” pero nada más me voy a detener en un elemento que me tiene con el ojo cuadrado: la iluminación. Sí, yo sé que para la mayoría de las personas la iluminación ni existe en un programa de televisión, pero aquí hay una serie de valores inusitados que hacen de esas luces y de esas sombras algo que va más allá del cine. Detecto una serie de intenciones que desde hace años no detectaba. No es algo que se robe la pantalla, pero es algo que está ahí, que también comunica, que contribuye a engrandecer un concepto que de por si ya era grande. Hágame un favor, luche por ver los últimos capítulos de “Big love” todos los domingos a las 22:00 por HBO. Van a ser como temas de “talk show”, pero mejores. ¿A poco no?


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