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FINALES, FINALES, FINALES

EL POZO DE LOS DESEOS REPRIMIDOS POR ÁLVARO CUEVA FINALES, FINALES, FINALES No lo pude evitar, lloré con el final de “The Oprah Winfrey Show” y no, no lloré porque la haya visto todos los días de mi vida o porque considere que su ausencia va a cambiar la historia de nuestro país. Lloré de rabia. ¿Por qué? Porque en México no tenemos nada parecido, porque nuestros medios se manejan de otra manera, porque nuestro sistema no está diseñado para que un simple mortal crezca a esos niveles. Porque aquí ser mujer es un problema, porque ser pobre es una condena y porque ser moreno, ya no se diga ser negro, es una maldición. Lloré, le juro que lloré, porque en casi 61 años oficiales de televisión mexicana, jamás hemos tenido un solo personaje que haya hecho por nuestra industria, por nuestra sociedad y por nuestra patria, la mitad de las cosas que Oprah hizo en dos décadas y media por Estados Unidos. ¿Quién, como ella, ha juntado a empresarios, político, actores y cantantes? ¿Quién, como esta señora, ha triunfado con su propia casa productora? ¿Quién, como Oprah, ha sido tan honesta, tan trabajadora y tan creativa? ¿Quién, de los talentos de este bendito país, le ha dado tantas oportunidades a tantas personas al grado de convertirlas en estrellas? ¿Quién nos ha hablado así? ¿Quién se ha despedido así? Por más que cierro los ojos y recuerdo las despedidas de los más grandes programas de nuestra televisión, como “24 horas”, “Siempre en domingo” y “Mala noche… ¡No!”, no recuerdo nada ni tan bonito ni tan espectacular. “24 horas” se fue en seco, “Siempre en domingo” acabó con más ausencias que presencias y “Mala noche… ¡No!” terminó por un rollo de política interna de Televisa, no porque realmente no hubiera dado para más. “The Oprah Winfrey Show”, en cambio, se fue con dos programas especiales llenos de amor, de agradecimientos, de producción, de recuerdos y de gran espectáculo escénico que se transmitieron el lunes y el martes. ¿Los vio por American Network? Ojalá que sí porque fueron cátedras de televisión. ¿Y qué me dice de la última emisión, la del miércoles? Fue una revelación porque fue algo totalmente íntimo: Oprah y nosotros. Y no nos dijo adiós, nos dijo “hasta que nos volvamos a encontrar” porque nos vamos a volver a encontrar, porque una historia de éxito así no puede desaparecer de un día para el otro. ¿Ahora entiende por qué me puse a llorar como estúpido con ese desenlace? Porque yo quisiera poder escribir algo parecido con un caso mexicano, pero no puedo, no existe y no sé si algún día vaya a existir. AMERICAN IDOL Pero no sólo “The Oprah Winfrey Show” se fue, muchas series y programas de diferentes formatos se están despidiendo. Es como si sí se estuviera acabando el mundo, es como si sí fueran a quedar demasiados vacíos en nuestras pantallas. Uno de los finales más importantes de los últimos días fue el de “American idol” porque ésta sí es una emisión bastante popular en nuestro país, porque tuvo una espectacular transmisión en vivo desde Estados Unidos (amé “Spiderman”) y porque Sony, el canal encargado de difundirlo para todo México y América Latina, la regó asquerosamente. ¿Me creería si le dijera que a la hora de felicitar al ganador, a través de un spot corporativo, en lugar de felicitar al chavo que ganó (Scotty), felicitó a otra persona (Lauren)? ¡Como para pegarles! ¡Qué torpeza! ¿Pero qué es lo verdaderamente importante de este desenlace? El caso mexicano. Se lo voy a decir con todas sus letras: “American idol” es un “reality show” musical que se ha hecho más de diez veces en Estados Unidos y que ha sufrido cambios hasta en lo más sagrado de su formato (sus jueces). ¡Y qué cree! Cada año, en lugar de irse para abajo, se va para arriba, se pone mejor, y más y mejores chavitos, con más y mejores recursos, se quieren inscribir porque saben que después de esa experiencia en verdad se van a convertir en estrellas de la canción. Nosotros, en el mismo período de tiempo, no hemos podido sostener ni “La academia”, ni “Operación triunfo” ni nada de nada y con el paso de los años, en lugar de que estos formatos se pongan mejor, se vuelven más chafas. En los “reality shows” musicales mexicanos lo que importa no es el talento, es el chisme, ver a los jueces fingiendo escándalos de muy baja categoría, ver a los familiares de los concursantes haciendo el ridículo. Importa todo menos la calidad. Por si esto no fuera suficiente, los ganadores de esta clase de festivales salen y, a las pocas semanas, ni quién se acuerde de ellos. Los que no acaban peleados con sus empresas terminan haciendo carrera en cualquier otra cosa. Es muy penoso. Aprendamos de “American idol”, instauremos la credibilidad, regresemos a la calidad, promovamos el talento. Aunque a muchas personas les cueste trabajo creerlo, la credibilidad, la confianza y el talento sí son un buen negocio, sí valen la pena. ¿A poco no?


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